sábado, 6 de mayo de 2017

EL COSTALERO Y LAS JUNTAS DE GOBIERNO DE LAS HERMANDADES


Libro: Locos del Costal
Autor: Rafael Moreno y Moisés Ríos

En las juntas de gobierno de la época no había mucha más consideración hacia el costalero que en el resto de la sociedad. Como nos contaba el hijo de un miembro de junta de aquellos años, su padre -y otros muchos como él- "no quería a los costaleros, a los profesionales, gente de mala vida para él; no los quería ver ni en pintura , pero fue el primero que les dio un pescao a ellos y sus familia". Sabían de su papel fundamental en la Semana Santa , pero más que valorarlos en su justa medida probablemente los consideraban como algo inevitable. El trato directo de las juntas con los costaleros era muy escaso, entendiéndose directamente con el capataz, que era el único responsable de lo que hicieran tanto él como sus hombres. Eso ha sido algo que en tiempos más recientes alguna hermandad ha añorado cuando costaleros miembros de ella han ejercido algún tipo de presión o han echado un pulso a poder a la junta.

El mundo de los costaleros y el de las juntas de gobiernos eran bien distintos y distantes. En ese clima, las juntas prestaban atención a los detalles eléctricos y de otro tipo de la cofradía sin tener en cuenta las consecuencias que sus decisiones pudieran tener sobre el trabajo del costalero. En las hermandades de negro por ejemplo para evitar que los costaleros llamaran al aguaó y levantaran los faldones para beber , les colgaban varios cántaros en el interior de la parihuela; ello daba ala agua un temperatura que la hacía imbebible, además de el riesgo de que con los movimientos del paso se soltase un cántaro, golpease a algún costalero y mojase a varios para el resto de la corría, como nos cuenta que llegó a ocurrir en alguna ocasión, produciéndose un gran revuelo.

Las hermandades eran exigentes con el trabajo del capataz, lo que repercutía indirectamente en los costaleros: "un capataz que rozaba en la entrada podía perder la cofradía para el año siguiente"; "si metías la pata rozando el paso en alguna parte, o había mucho jaleo abajo, o habías retrasado mucho el cortejo por culpa de los costaleros podías perder la cofradía". Pero a la vez, las hermandades solían profesar al capataz un respeto similar al que recibía el resto de la sociedad. Por eso, los fiscales de paso tendían en general a ejercer su función sin inmiscuirse en la labor y responsabilidad del capataz; "el fiscal de paso antes era una persona que pasaba inadvertida, tenía un cuadrante de las horas en que tenía que estar en cada sitio del recorrido, y se metía muy poco en la labor del capataz", los que en definitiva redundaba en beneficio del trabajo del costalero.

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