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viernes, 29 de marzo de 2019

20 AÑOS DESPUÉS, LA TRAGEDIA NO SE OLVIDA

Tal día como hoy hace 20 años la ciudad de Sevilla quedó marcada para siempre por una tragedia que nunca olvidará, el fallecimiento del costalero Juan Carlos Montes bajo el Cristo de las Aguas a su paso de vuelta por el Arco del Postigo tras desplomarse por una parada cardiorrespiratoria a la 1:00h de la madrugada. Hoy queremos recordar lo sucedido y honrar la memoria del que fue un hombre valiente que se dejó su vida a los pies de su Cristo. 

Cabecera del periódico ABC dos días después de los sucedido.

Salvador Perales Leiva, un duro y triste recuerdo: 

"Yo mandaba el paso y cuando llegó la ambulancia me fui con él al hospital, desgraciadamente fui quien le entregué la ropa en una bolsa a su madre y quien le dio la mala noticia de que su hijo había fallecido". "El momento fue muy fuerte , con el paso parado y los técnicos del Samur poniéndole inyecciones para reanimarlo y luego nos fuimos en un taxi y sabiendo ya que había fallecido los sones del palio entraban por la radio de aquel coche mientras le dedicaban una levantá para que se mejorase..."  

Salvador Perales Leiva


A continuación os ofrecemos un artículo de ABC publicado en Abril de 2009 por Antonio Salvador:



Sentí como un tirón en la camiseta y se cayó. Los compañeros empezaron a gritarle a Salvador [Perales, el capataz] que mandara parar, que parara… Se arrió el paso y a Juan Carlos lo sacamos en volandas como si fuera una pluma por el costero derecho a la calle Arfe». Así recuerda José Antonio Sollo, compañero de cuadrilla, el momento en que Juan Carlos Montes se desplomó bajo las trabajaderas del misterio de Las Aguas cuando éste transitaba a la altura del Postigo. Ocurrió el 29 de marzo de 1999. Diez años después de aquel fatídico Lunes Santo, el recuerdo del costalero fallecido sigue vivo. Éste es el relato en primer persona de José Antonio Sollo, testigo directo de aquella triste jornada.

«Aquel año igualó como corriente en la cuarta trabajadera, justo detrás de mí. Íbamos normalmente los dos en tercera, pero ese año igualó un palo más atrás. Después de todo el tiempo que llevaba en la cuadrilla, le decíamos entre bromas que cómo permitía que le igualaran de corriente. Era un tipo fantástico. Si le dicen un día que tenía que salir de aguaor o con la caña para encender las velas porque no cabía lo hubiera hecho con los ojos cerrados.

Fue transcurriendo la jornada perfectamente. Recuerdo que después de arriar el paso tras salir de la Catedral nos fuimos junto a la puerta del Alcázar, donde habitualmente tomábamos un refresco y un bocadillo en una tienda de souvenirs que hay allí. Ese día ya estaba cerrada y nos compramos unas latas. A medida que la cofradía avanzaba nos fuimos acercando al Postigo.

El punto de relevo estaba un poquito antes del arco. Todos estábamos deseando que llegara ese momento. Queríamos intentar hacer una chicotá desde allí hasta la iglesia. Lo habíamos hablado con el capataz, lo sabía el diputado mayor de gobierno y queríamos intentarlo.

Nos metimos en el paso, mandó el capataz, se cuadró el paso ante el arco y se arrió para bajar la cruz. Salvador Perales volvió a llamar, se levantó y mandó los dos costeros a tierra por igual. Y ahí empezó todo. Pasamos el Postigo con el pie izquierdo por delante y, prácticamente cuando el capataz mandó poner los cuerpos derechos, recuerdo que noté un tirón de la camiseta y que se cayó. Los compañeros de atrás le decían a Salvador que mandara parar, que parara. Se arrió y a Juan Carlos lo sacamos en volandas como si fuera una pluma por el costero derecho a la calle Arfe. Lo tumbamos en el suelo mientras se llamaba a un médico. Todo el mundo pensaba que se trataba de una lipotimia por el esfuerzo. Había sido una tarde primaveral con sol espléndido.

Empezamos a pensar ya lo peor cuando Juan Carlos no se recuperaba. Cuando llegó el 061 empezaron a medicarlo, a pincharlo, a ponerle de todo para reanimarlo y, como no lo conseguían, empezamos a pensar absolutamente de todo.

'Fue la chicotá más amarga...'

El 100% de la cuadrilla estaba debajo llorando. Todo el mundo apretado, los vellos de punta, abrazados… Fue la chicotá más amarga de mi vida. Íbamos a paso de mudá y, por supuesto, sin música. La gente no entendía por qué habíamos entrado así hasta que se fue conociendo la noticia.

Recuerdo perfectamente que cuando llegamos a la capilla todo el mundo se fundió en un abrazo, la capilla se convirtió en un pañuelo de lágrimas y Pedro Collado [entonces hermano mayor] nos dio unas palabras de ánimo. Todo el mundo le pedía al Señor y a la Virgen de Guadalupe que Juan Carlos saliera adelante. Al día siguiente nos enteramos de su muerte.

Esta cuadrilla nunca volverá a ser la de antes. Aquello fue un auténtico palo, la peor experiencia que uno puede vivir. Lo peor que le puede pasar a alguien es que se muera un amigo a tu lado y no puedas hacer nada. Nadie sabía que tenía problemas de úlcera. Él se sentía muy fuerte, era un toro. Trabajando, callado siempre en el palo… No rechistaba, no resoplaba. Era un profesional como la copa de un pino. Se nos fue muriendo poco a poco sin saberlo, desangrado...».


JUAN CARLOS MONTES, SEVILLA NO TE OLVIDA

martes, 9 de junio de 2015

EL TRATO SECRETO ENTRE MANOLO ADAME Y "EL PENITENTE"



Información ofrecida por Gonzalo Lozano (http://hombresdediosbajolastrabajaderas.blogspot.com.es/)

Manuel Adame Torres, fue un hombre que se tuvo que hacerse así mismo en el mundo de la gente de abajo. A este capataz trianero, nadie le regaló nada nunca, y todo lo tuvo que alcanzar sin ayuda de nadie. Manolo se dedicaba profesionalmente a realizar labores de capataz en el muelle de Sevilla, lugar que durante mucho tiempo fue un auténtico vivero de costaleros para la Semana Santa de Sevilla, aunque no el único.
Manolo Adame se inició en este mundo desde la misma base, primero fue costalero de la cuadrilla de Salvador Dorado Vázquez “El Penitente”, para posteriormente ascender a contraguía y finalmente terminar siendo segundo capataz del paso de Cristo.

Con el tiempo terminó formando cuadrilla propia con otro capataz de gran recuerdo, Paquito Quesada, prototipo de capataz de “paso de palio” mientras que Manolo Adame era el capataz clásico de “paso de Cristo”. Formaron un tándem especial hasta que por motivos de salud Paquito se retiró, pasando entonces Manolo a la delantera de los pasos de palio.

Inicialmente Manolo sólo tenía dos cofradías en Sevilla, Exaltación y Sagrada Mortaja, por lo que el resto de los días de la semana trabajaba con su cuadrilla por localidades de la provincia.

El espaldarazo definitivo le llegará tras sacar por primera vez a la Hermandad de San Esteban, después del excelente resultado obtenido por la cuadrilla, las hermandades principales comenzaron a llamar a su puerta, aunque la cuadrilla de Manolo Adame será siempre recordada en Sevilla por las duras corrías que cada año tenía que afrontar, con importantes pasos de misterio.

Sacó durante su trayectoria como capataz las siguientes hermandades; La Estrella, La Amargura, Las Aguas, Santa Genoveva, San Gonzalo, San Esteban, Los Panaderos, Exaltación, El Silencio, El Calvario, La Mortaja y El Santo Entierro.

Nos situamos en los primeros días del mes de enero del año 1970, las navidades están todavía a la vuelta de la esquina y en el seno de la trianera Hermandad de la Estrella se plantean la elección del nuevo capataz de la cofradía después de la retirada de Manolo Bejarano, acontecida tras la Semana Santa del año anterior (1969). Los primeros intentos de la hermandad van encaminados hacia los dos grandes capataces del momento; Rafael Franco Rojas y Salvador Dorado “El Penitente”.

Tras le negativa de Rafael, que ya contaba el Domingo de Ramos con dos hermandades, La Cena y San Roque, le llega el turno a Salvador, el cual igualmente declinará el ofrecimiento alegando que ganaba más dinero sacando los tres pasos de la Hermandad del Amor. No obstante, Salvador se permite la licencia de aconsejar la contratación como capataz de la hermandad de la calle San Jacinto, a Manolo Adame, al cual le unía una gran amistad desde la época de permanencia de Manolo en la cuadrilla de Salvador.

Inicialmente a la hermandad no le hizo mucha gracia aquello, pero el buen momento por el que atravesaba la cuadrilla de Manolo Adame, y el hecho que fuera trianero de cuna terminaron de decantar la balanza a su favor. Una vez cerrado el acuerdo entre el nuevo capataz y la hermandad, ya sólo faltaba por cerrar un pacto secreto al que habían llegado Manolo Adame y su amigo Salvador Dorado “El Penitente” como pago de los buenos informes que Salvador procuró de Manolo a la hermandad.



El pacto sellado entre los dos capataces era el siguiente: Al regreso del paso de palio de la Virgen de la Estrella, en la entrada misma de Triana una vez pasado el puente, la cuadrilla de Adame tenía que dejar dar una chicotá larga a la cuadrilla del “Penitente”.

Y llegó la madrugada del Lunes Santo. La Hermandad de la Estrella retorna por el puente a la iglesia de San Jacinto después de haber realizado la estación de penitencia a la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, mientras la cuadrilla de palio del “Penitente” una vez encerrado el paso de la Virgendel Socorro toma posiciones en las inmediaciones de la capillita del Carmen.

Llega el momento de la verdad, el paso de la Virgen de la Estrella ya se encuentra en suelo trianero. Después de que Manolo Adame y el que por entonces era su segundo Máximo Castaño Lagares, hicieran salir –no sin gran trabajo- a su cuadrilla para dar paso a la otra, se levantó el paso de palio de la Estrella al son de la marcha Campanilleros de aquella forma tan sin igual, que popularizó la cuadrilla de Salvador Dorado, meciendo el paso mientras se levantaba a pulso. El delirio entre el público se hizo presente, no parando de aplaudir hasta que los costaleros posaron el paso en el suelo al concluir la chicotá.

Ahora tocaba colocar de nuevo bajo las trabajaderas del paso a la cuadrilla de Manolo Adame, ésta, herida en su orgullo por haber sido sacada del paso sin su consentimiento, se negaba a ocupar nuevamente sus puestos. El momento era una mezcla de tensión, expectación y sentimientos no comprendidos. Sólo los ruegos de Máximo y las lágrimas de Manolo que no sabía cómo solucionar aquello, consiguieron que la cuadrilla, eso sí con alguna falta se metiera debajo del paso de la Virgen de la Estrella nuevamente.

Manolo era un hombre recio, tosco, al que difícilmente se le notaban las emociones, pera aquella madrugada de Lunes Santo, las lágrimas le afloraron en un corto espacio de tiempo, la primera vez como consecuencia del problema que se le venía encima con su cuadrilla, referido anteriormente, y poco tiempo después la segunda, cuando su cuadrilla ya colocada debidamenteavanzaba sobre los pies de forma majestuosa por la calle San Jacinto con la Virgen de la Estrella en una chicotá que para los allí presentes pareció eterna.

El pique surgido entre las dos cuadrillas fue el resultado del pacto secreto al que habían llegado los dos capataces, ajenos a la sensibilidad y el amor propio de sus costaleros.

LA HUELGA DE LOS COSTALEROS EN 1901

Información ofrecida por: http://vivalamelvayeladobo.blogspot.com.es/

Trabajadores del muelle de Sevilla durante la huelga de 1901
“Yo te puedo decir que nuestra gente, es decir, nuestros costaleros eran los primeros que cobraban antes que nosotros los capataces y te puedo enseñar datos sobre esto, para nosotros el salario de los costaleros era sagrado. También recuerdo que mi padre cuando iba a firmar una cofradía por ejemplo recuerdo el Baratillo, se llevaba siempre a un par de peones de confianza para que supieran lo que había”. (Pepe Ariza, Capataz de Sevilla)

Los costaleros asalariados, en ocasiones habían planteado dificultades a las hermandades y cofradías, son diversos los pleitos y disturbios acontecidos al respecto, no sólo dejando de acudir para sacar los pasos, sino pidiendo más emonumentos que en el caso de no ser concedidos, determinaba que los costaleros recurrieran a la huelga como medida final de presión.
Nos situamos en los primeros meses del año 1901. Llegado los días previos a la Semana Santa se produjo lo que al parecer, porque no se conoce otra anterior, fue la primera huelga, ocasionada por los enfrentamientos de los costaleros con las hermandades y capataces.

Para una mejor comprensión de los acontecimientos, lo primero que haremos será dibujar brevemente como era el contexto social y económico de la época a nivel nacional, y en la propia ciudad de Sevilla. España se encontraba sumida en una profunda crisis económica y social a comienzo del siglo XX, el panorama nacional estaba determinado por la Restauración borbónica que arrastraba el lastre de la pérdida de las últimas colonias de ultramar en el año 1898. Con respecto a Sevilla, nos encontramos con una ciudad anticuada, anquilosada estructuralmente, que además se encontraba saturada de población desempleada como consecuencia del éxodo rural que en aquellos momentos se estaba produciendo. La realidad era la de una ciudad llena de mano de obra no cualificada, en un momento en el que la maquina comenzaba a abrirse paso en la ciudad moderna.

Durante la Cuaresma de ese mismo año se originó una de las habituales polémicas entre las hermandades del momento. El motivo de discusión no era otro que el de la economía de las hermandades, en concreto la eterna discusión acerca de la cuantía de la subvención que las hermandades habían de percibir del Ayuntamiento. Finalmente el día 22 de febrero llegó la propuesta de subvención del Ayuntamiento, cuya cantidad ascendía a 16.500 pesetas. El montante a conceder por hermandad dependía de una serie de criterios más o menos objetivos como el número de pasos, bandas de música, tiempo en la calle, día de salida, etc. A modo de referencia detallamos algunas de estas subvenciones: Hermandad de la Estrella (600 ptas), Hermandad de las Aguas (275 ptas), Hermandad del Cristo de Burgos (400 ptas), Hermandad de la Macarena (750 ptas). Las hermandades del Gran Poder y Silencio, como en otras ocasiones, renunciaban a percibir cantidad alguna, por considerar que con los recursos autogenerados por las propias hermandades les era suficiente para afrontar los gastos de la salida además de reivindicar una vieja autonomía respecto de cualquier poder público.

En el mes de enero del año 1901 los trabajadores de la imprenta de un diario sevillano iniciaron una huelga, que se extendió a los demás gremios de la ciudad, incluido al de los costaleros. Esta circunstancia estuvo a punto de dejar sin procesiones aquel año a la ciudad de Sevilla.

Lógicamente el inicio de todo hay que entenderlo en el ambiente enrarecido que a todos los niveles estaba viviendo la ciudad de Sevilla en esos momentos al comienzo del siglo XX. Las cuadrillas de costaleros se agruparon y plantearon una serie de reivindicaciones a las hermandades y cofradías que habían de contratar sus servicios de cara a la inminente Semana Santa. Estas reivindicaciones estaban basadas en mejoras salariales y de otra índole, ante los atropellos que venían sufriendo los costaleros por parte de las mismas, y también por parte de los propios capataces. Nos encontramos en una época en la que los sueldos y jornales no estaban regularizados, el caciquismo propio de Andalucía decimonónica imperaba en muchos sectores de la sociedad sevillana todavía, trabajándose prácticamente por la comida y lugar donde dormir.

Los capataces y costaleros de Sevilla celebraron una asamblea el día 29 de marzo, Viernes de Dolores, en la Universidad, que entonces estaba en la calle Laraña, a la que asistieron más de cuatrocientos costaleros y capataces. Lo que allí se discutió, que supuestamente era lo que se le demandaba a las hermandades, quedó recogido en un pliego que contaba con once puntos. El único capataz de primera línea que verdaderamente tomó partido y se implicó con los costaleros fue Antonio Torres Macías, popularmente conocido por “Juanillo Fatiga”. La no implicación de los capataces era bastante lógico, ya que los capataces solían explotar habitualmente igual que las hermandades a los costaleros, a los que trataban de forma vejatoria y despectiva llegando en ocasiones al maltrato físico. Por lo que era normal que no apoyasen las reivindicaciones de los costaleros frente a las hermandades.

“Mira: yo el primer año que saqué cofradías cobrando, saqué seis, y me dieron 595 pesetas; eso fue en el año 1953, yo ganaba todos los días treinta o cuarenta duros en la tienda de Agustín Peral, vamos que perdía dinero” (Domingo Rojas Puerta, Capataz de Sevilla)

El pliego con las condiciones de los costaleros de Sevilla:

* Tarifa de 5 pesetas por hombre para una estación normal de 4 horas.

* 1 peseta adicional, a cada hombre, por cada hora o fracción que pase de las 4 horas estipuladas inicialmente.

* Exigencia de que el mayordomo, o en su defecto representante de la hermandad o cofradía, avalase a esta firmando a título personal.

* El mayordomo será el encargado de pasar revista a la cuadrilla.

* El mayordomo será el encargado de despedir a aquellos costaleros que se encuentren embriagados.

* En el caso de que el mayordomo no lo realizara, el capataz no se compromete a hacerlo.

* En caso de aplazarse la salida, suponiendo la retención de los costaleros por más de una hora, deberá abonársele a cada hombre la cantidad de 2´50 pesetas.

* Los capataces deberán pasar lista varias veces, antes (en el sindicato de los albañiles) y durante el recorrido, para evitar desbandadas y que el paso valla con gente de menos.

* Sobre el ritmo de las “chicotas”, estas no podrán ser tan aceleradas que lastimen los músculos de los costaleros.

* En los pasos que pesen excesivamente (Cena, Tres Necesidades, Exaltación...) se contratará un tercio más del personal necesario, para reponer en su caso a los más exhaustos.

* En condiciones normales, se contratará a cinco hombres por trabajadera.

Después de la asamblea celebrada el Viernes de Dolores, el Sábado de Pasión estaba el conflicto sin resolver al no haberse llegado a ningún acuerdo, aún en la misma mañana del Domingo de Ramos, el que salieran las cofradías estaba por ver. Ese mismo sábado por la tarde, una comisión de costaleros visitó a las hermandades del Domingo de Ramos preguntando si aceptaban las condiciones planteadas, y ante la respuesta de que hasta las 22:00 h. no les darían una contestación por estar reunidos los mayordomos, los costaleros dijeron que se retiraban al Centro (Sindicato de Albañiles, situado en la calle Universidad nº2) y que allí esperarían noticias. De todas formas el domingo estarían todos los costaleros disponibles desde las 10:00 h. hasta las 12:00 h. para sacar las cofradías.

A pesar de la intransigencia inicial de los costaleros, finalmente se decidieron a sacar los pasos, por lo que las cofradías aparecieron finalmente en la calle. Pero la huelga había dado sus frutos, pues de los 12 reales que se venían pagando se pasaron a los 20 reales (5 pesetas) como mínimo, con la añadidura de un cuartillo de vino. Este fue el trato que permitió que las cofradías pudiesen realizar sus desfiles procesionales aquel año. Los años que siguieron a éste fueron proclives a conflictivos para el mundo de los costaleros, planteándose muy frecuentes reivindicaciones en materias salariales con los representantes de las cofradías. El mecanismo de presión más significativo consistía en exigir mejoras salariales el mismo día de la salida, poco antes de la hora prevista, o incluso con los pasos ya en la calle, amenazando con abandonar las trabajaderas.