martes, 3 de marzo de 2015

JUAN CARLOS MONTES RUÍZ, EL COSTALERO QUE LLAMÓ A LAS PUERTAS DEL CIELO TRAS PASAR EL POSTIGO


A continuación os ofrecemos un artículo de ABC publicado en Abril de 2009 por Antonio Salvador: 



Sentí como un tirón en la camiseta y se cayó. Los compañeros empezaron a gritarle a Salvador [Perales, el capataz] que mandara parar, que parara… Se arrió el paso y a Juan Carlos lo sacamos en volandas como si fuera una pluma por el costero derecho a la calle Arfe». Así recuerda José Antonio Sollo, compañero de cuadrilla, el momento en que Juan Carlos Montes se desplomó bajo las trabajaderas del misterio de Las Aguas cuando éste transitaba a la altura del Postigo. Ocurrió el 29 de marzo de 1999. Diez años después de aquel fatídico Lunes Santo, el recuerdo del costalero fallecido sigue vivo. Éste es el relato en primer persona de José Antonio Sollo, testigo directo de aquella triste jornada.

«Aquel año igualó como corriente en la cuarta trabajadera, justo detrás de mí. Íbamos normalmente los dos en tercera, pero ese año igualó un palo más atrás. Después de todo el tiempo que llevaba en la cuadrilla, le decíamos entre bromas que cómo permitía que le igualaran de corriente. Era un tipo fantástico. Si le dicen un día que tenía que salir de aguaor o con la caña para encender las velas porque no cabía lo hubiera hecho con los ojos cerrados.

Fue transcurriendo la jornada perfectamente. Recuerdo que después de arriar el paso tras salir de la Catedral nos fuimos junto a la puerta del Alcázar, donde habitualmente tomábamos un refresco y un bocadillo en una tienda de souvenirs que hay allí. Ese día ya estaba cerrada y nos compramos unas latas. A medida que la cofradía avanzaba nos fuimos acercando al Postigo.

El punto de relevo estaba un poquito antes del arco. Todos estábamos deseando que llegara ese momento. Queríamos intentar hacer una chicotá desde allí hasta la iglesia. Lo habíamos hablado con el capataz, lo sabía el diputado mayor de gobierno y queríamos intentarlo.

Nos metimos en el paso, mandó el capataz, se cuadró el paso ante el arco y se arrió para bajar la cruz. Salvador Perales volvió a llamar, se levantó y mandó los dos costeros a tierra por igual. Y ahí empezó todo. Pasamos el Postigo con el pie izquierdo por delante y, prácticamente cuando el capataz mandó poner los cuerpos derechos, recuerdo que noté un tirón de la camiseta y que se cayó. Los compañeros de atrás le decían a Salvador que mandara parar, que parara. Se arrió y a Juan Carlos lo sacamos en volandas como si fuera una pluma por el costero derecho a la calle Arfe. Lo tumbamos en el suelo mientras se llamaba a un médico. Todo el mundo pensaba que se trataba de una lipotimia por el esfuerzo. Había sido una tarde primaveral con sol espléndido.

Empezamos a pensar ya lo peor cuando Juan Carlos no se recuperaba. Cuando llegó el 061 empezaron a medicarlo, a pincharlo, a ponerle de todo para reanimarlo y, como no lo conseguían, empezamos a pensar absolutamente de todo.

'Fue la chicotá más amarga...'

El 100% de la cuadrilla estaba debajo llorando. Todo el mundo apretado, los vellos de punta, abrazados… Fue la chicotá más amarga de mi vida. Íbamos a paso de mudá y, por supuesto, sin música. La gente no entendía por qué habíamos entrado así hasta que se fue conociendo la noticia.

Recuerdo perfectamente que cuando llegamos a la capilla todo el mundo se fundió en un abrazo, la capilla se convirtió en un pañuelo de lágrimas y Pedro Collado [entonces hermano mayor] nos dio unas palabras de ánimo. Todo el mundo le pedía al Señor y a la Virgen de Guadalupe que Juan Carlos saliera adelante. Al día siguiente nos enteramos de su muerte.

Esta cuadrilla nunca volverá a ser la de antes. Aquello fue un auténtico palo, la peor experienciencia que uno puede vivir. Lo peor que le puede pasar a alguien es que se muera un amigo a tu lado y no puedas hacer nada. Nadie sabía que tenía problemas de úlcera. Él se sentía muy fuerte, era un toro. Trabajando, callado siempre en el palo… No rechistaba, no resoplaba. Era un profesional como la copa de un pino. Se nos fue muriendo poco a poco sin saberlo, desangrado...».


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